Solo se escucha un silencio incómodo, tantas cosas que decir pero ningún valor para que esas palabras salgan de tus labios. Están sellados, pegados, quieres gritar, pero algo te lo impide.
Entonces se acaba el tiempo, te despides, tus labios logran dejar escapar un "adiós".
Te pones los cascos ignorando el mundo exterior y adentrándote en el tuyo propio. Tu mundo, el único sitio dónde crees que eres feliz, o donde estás un poco menos triste. Te pones a pensar en lo que acaba de pasar, entonces ya no puedes más, ahora necesitas gritar por haber sido tan gilipollas de no decir nada, ni una palabra.
Te odias, impotencia es lo que sientes.
Te bajas en la siguiente parada para darte un paseo, crees que así se disiparán tus preocupaciones.
Te vas lejos, te pierdes por ahí, vagas sin rumbo fijo para "airearte", pero sigues con tus cascos.
No quieres encerrarte en casa, ¿para qué?
Te coges el metro donde pilles, te bajas donde quieras y vuelves a caminar. Así hasta que decides volver a casa.
Cuando has llegado te aislas en tu habitación.
Al día siguiente igual.
Pero un día, sientes que es distinto.
Te ilusionas con algo pero esta vez es distinto.
El chico no se va solo, te dice: vente.
Te quedas parada sin saber que hacer, entonces le das la mano y le sigues.
Empezais a hablar y surje el deseado beso. Él también lo deseaba, solo que no se atrevía, como suele pasar.
Esta vez cuando vuelves a casa se te escapa una sonrisa divertida y sientes por fin esa felicidad. Ahora toca sonreír.
No hay comentarios:
Publicar un comentario